sábado, 10 de noviembre de 2007

Ese Verano




Al abrir mis ojos me di cuenta que aún quedaba mucho camino para llegar a mi destino. El bus iba completamente en silencio. La mayoría de los pasajeros iban dormidos. Me acomodé en el asiento con la intención de volver a mi sueño una vez más, pero algo en el camino hizo que perdiera por completo el sueño: uvas, centenares de viñedos. Todos eran movidos por el viento casi en un baile y relucían sus hojas a la luz del brillante sol. Entonces la recordé; recordé todo. Solté mi corbata y me relajé en el asiento. Ya habíamos pasado las parras. Cerré los ojos y fui transportado a ese lugar.
Contaba con quince años cuando fui enviado por mis padres a un fundo muy lejano para trabajar. Era un verano hermosísimo y lo que menos quería era trabajar. Mi misión, como me explicó el encargado cuando llegué, sería de sacar los racimos de uvas. Fue entonces cuando la vi, cruzando el campo con una sombrilla sobre su cabeza. Era una mujer joven, pero el paso de los años y al parecer un enorme sufrimiento habían endurecido su cara. Aún así se notaba en ella cierta calidez. Tenía el pelo más negro y brillante que había visto y caminaba con tanta elegancia que el viento no se atrevía a despeinarla. De inmediato entró al gran caserón que era el centró de la finca y desapareció… como un espejismo.
Los días de verano eran más crueles que en cualquier otra parte del país. Las gotas de sudor se evaporaban antes de tocar el piso y sentía como toda mi ropa pesaba. El agua que bebía en los campos estaba tibia y un viento seco y cálido corría por doquier. Todos a mí alrededor trabajaban en silencio y con la mayor meticulosidad posible. Recuerdo que durante un almuerzo alguien mencionó a la mujer que vi a mi llegada, al parecer la dueña del fundo. Todos decían que era viuda y que su marido había muerto de las formas más horribles: unos contaban que fueron ladrones quienes entraron al caserón una noche y que lo balearon en su esfuerzo por proteger a ella. Otros contaban que se ahogó un invierno, que el río se desbordó mientras el trataba de cruzar a otro lado en caballo para rescatar una ovejas. Otros no lo tildaban de héroe, simplemente decían que había huido con una empleada mucho más joven que su mujer. No recuerdo ahora la cantidad de cuentos que escuché acerca él, pero cada uno era más diferente que la anterior
Los atardeceres eran hermosos en la finca: el cielo se tornaba de todos colores antes de que el sol se metiese, pero era una muy singular combinación de celestes, naranjos y rosado a cierta hora del día en que su corazón latía desenfrenadamente y en que la tranquilidad de su mente eran plenas. Comenzaba a soplar un viento frío que aliviaba el calor del día. La tierra comenzaba a brillar y se escuchaba un murmullo en el viento que arrullaba. Sentía calma en todo mi cuerpo y me sentía casi alegre de estar en ese lugar en vez de mi hogar. Estaba seguro que a esta hora del día finalizaban de tomar once y peleando para ver quien lavaba los platos. Estaba muy contento de estar lejos de ahí.
La noche comenzaba a caer y me hallé solo. Ya todos habían partido a los dormitorios. Hoy era noche de cartas y alguien aseguraba que traerían un licor muy exótico que se habían robado del caserón. Me encaminé a los dormitorios divirtiéndome pateando piedras. De pronto sentí un fuerte galopar de caballo y apareció frente a mí y en una enorme yegua la dueña del caserón. No pude evitar mirarla directo a sus ojos. Eran cafés y enormes. Sentí que ella miraba los míos también, como si pudiese leer mi mente, como si supiera que yo conocía del robo a su casa, que yo sabía de todos los rumores que circulaban sobre la misteriosa desaparición de su esposo. El pánico invadió mi cuerpo y me quedé quieto. Entonces el caballo pasó corriendo a mi lado. No quise darme vuelta a ver como la figura desparecía ni para donde se dirigía. Quedé estático durante unos segundos más antes de volver a mis sentidos; seguí mi camino. Tenía la camisa toda sudada nuevamente, a pesar del frío que estaba haciendo.
Los dormitorios estaban vacíos cuando llegué. Tal vez iban a jugar a otra parte y no estaba presente cuando hicieron el anuncio. De todas maneras, después del evento ocurrido hace poco no tenía muchas ganas de jugar cartas. Decidí acostarme, mas sobre la cama. Ya estaba cayendo en mis sueños cuando sentí ruidosos pasos en la habitación. Era ella. Me hice el dormido. Ella dio una vueltas por la habitación de 6 camarotes y se fue con el mismo ruido con el que entró. A la mañana siguiente todo mi grupo de dormitorio fue amonestado y castigado con trabajo nocturno para este día por estar fuera de los dormitorios pasado la hora, menos yo. Ella ya me tenía identificado.
Ese día no sentía hambre. El susto de la tarde pasada y de la noche aún colgaban de mi pecho, por eso fui a caminar a orillas del río. Me senté en un cómodo lugar bajo un árbol. El ruido del agua y el calido viento me estaba adormeciendo, pero nunca iba a poder estar tranquilo. Sin que yo lo notara había aparecido ella. Me paré de inmediato y pretendía disculparme por… lo que fuera, pero ella ordenó que me sentara.
- ¿Un cigarrillo?
- Gracias –al momento que prendió el suyo me ofreció fuego. Era la primera vez que fumaba y no sabía por que había aceptado; el gusto me pareció horrible y tosí hasta el alma. Ella río al ver mi respuesta, pero aún así no me atrevía a tirar el cigarro.
- Hace años que no comparto un cigarro con alguien… desde que murió mi marido. Fue cáncer ¿sabías?... Yo también he escuchado esos cuentos – su expresión de tristeza al hablarme fue muy notoria como para esconderla - Sufrió mucho y en ningún momento me aparté de su lado. Era mucho, mucho mayor que yo… de hecho tenía más o menos tu edad cuando me desposé con él, pero lo amaba… -sus declaraciones me dejaron perplejo: a pesar de habernos visto en ocasiones muy limitadas y de ser yo su empleado, ella demostraba esta ciega confianza.
- Es hora de que me vaya –no me había dado cuenta y ambos cigarros se habían consumido –nos veremos uno de estos días. Eso fue lo último que dijo antes de desparecer. Yo seguía atónito.
Había caído la noche una vez más y estaba solo en los dormitorios. Todos habían partido recién a sus faenas de castigo. El aire estaba fresco y regocijante, sin embargo, yo seguí muy pensativo por lo ocurrido este día. La noche y mis pensamientos fueron interrumpidos por unos tranquilos pasos. Era ella una vez más. Me levanté al verla totalmente asustado y fuera del lugar, pero ella invitó a que me sentara nuevamente. Me ofreció una de las tazas de café caliente que traía, una honesta sonrisa, aún, se dibujó en su rostro al aceptar su regalo. Noté que su ropa no era la de siempre, vestía un vestido blanco, algo viejo que olía a naftalina. Entonces comenzó a hablarme. De pronto se convirtió en una plática muy amena. Noté cierta alegría en sus ojos y en su risa que jamás había visto en una mujer. En el aire, junto con el agradable viento de verano que entró en la pieza, surgió un hambre que hasta un niño como yo podía notar. Vi como sus manos de cuero se convirtieron en terciopelo al tocarme, no había nada más que la noche entre nosotros. Ella se acercó más a mí, fue cuando le murmuré…
- Yo nunca…
- Está bien –susurró suavemente ella.
Tenía la necesidad de sentir en ella el trueno y de ver ese relámpago en el cielo, de contemplar la tormenta en todo su esplendor ardiendo en los ojos de su amante. Tuvo que dominar el fuego de su pasión, como si fuera un cometa brillante, corriendo a la velocidad del viento, llegando sólo donde los sueños van, quemándose los dos en la noche.
Abrí los ojos y de nuevo estaba en frente de otro campo de choclos. Y como por arte de magia una fría brisa de verano apareció de la nada.
Muchas veces pienso en ese verano: en las tibias noches de lunas. Nunca he tenido otro verano en que no haya venido a mi mente el pensamiento de su cara.
Contemplé como todas las plantas seguían bailando con el viento. Y sé aunque sé que no es real, pero no puedo evitar sentir sus hambrientos brazos de nuevo.

Basado en la canción de Garth Brooks, That Summer.

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