
Habían pasado demasiadas horas mirando sus apuntes, pegado en la misma hoja, mirando la pared, de una a otra, sin cambiar la primera línea y tratando de recordar por qué seguía aferrándose a la idea que de ésta era su carrera. La verdad es que estaba en esta batalla y tenía muchas ganas de rendirse. Entonces ¿qué lo llevaba a intentar? Ya estaba atrasado en el año en que se suponía egresaría, se titularía y dejaría el nido, pero seguía ahí y el nido se estaba haciendo chico y él muy pesado para quienes lo afirman.
Violentamente llevó sus palmas a su frente y miró el escritorio que parecía ser testigo de tantas veces, tantos llantos y tantas recaídas. La madrea gastada, vieja y rallada por los pasado de sus dueños anteriores, parecía esbozar un ceño fruncido y una vez más venía a su cabeza aquel grito de conciencia "¡¡Hasta cuando, párate y sigue!!"". ¿Sería efectivo esta vez? Había pasado por crisis anteriores, momentos en que la única opción posible era cruzar por la "bien ancha puerta" de la que todos los profesores han hablado más de una vez... tentadora opción.
El paisaje marino de Valparaíso y Viña se mostraba plácido. Los colores morados, naranjos, amarillos, en conjunto con el poético azul oscurísimo del calmo océano siempre lograban robarle una sonrisa o por lo menos que las líneas apretadas de su frente se relajaran como las olas, aún en momentos de amargura. Y recordó cómo era la vida hace unos tres o cuatro años, cuando el estudiar era un curioso desafío y le traía algo y varios momentos de satisfacción. Las tardes como estas en que se comía los cuadernos y compartía conversaciones con cigarros junto a los que creía sus amigos... no sólo su actitud hacia sus estudios había cambiado, además ya no llamaba a estas personas "amigos", sino que habían vuelto a ser "compañeros" y ni tanto pues muchos estaban en ramos distintos, el árbol había despejado sus ramas. Se dejó llevar por la música, la cual asimilaba a las melodías que se escucharían en una suntuosa fiesta de algún club de la alta sociedad de los años 60.
La inercia lo llevaba al edificio y mientras la conciencia gritaba y gritaba en su cabeza, otra vos susurraba "huye, huye..." y de alguna forma, aquel susurro penetraba en su cabeza más fuerte que los punzantes gritos. Y antes de darse cuenta, miraba la hoja de la localización de salas, como todo el mundo. ¡Qué costumbre más curiosa! Las salas nunca cambiaban, pero al salir del baño, vuelve a ver este papelito que regía la vida de tanta gente... ¡qué poder tan grande tenía! ¡oh misericordioso papelito: permite que no tenga que encerrarme en una sala a escuchar a un viejo podrido, que debería estar en su casa jugando con sus bis-nietos y no contando historias acerca de su carrera! ¡Qué es lo que menos me importa! Pero el papelito no tuvo piedad y volvía a la misma sala sin ventanas y sin aire acondicionado.
¿Por qué escondía su reloj en lo más hondo de su bolso? Pues durante estas tres horas de clases, el reloj se volvía inservible, averiado, pues durante esta tortura, el reloj no avanzaba.
Saca el celular de su estuche para silenciarlo y nota que un mensaje de texto venía a su rescate y era la única persona que rompía el patrón del resto desde que la vida se había vuelto tan odiosa y gris, la única persona que se había vuelto un compañero de batalla fiel, la única persona que recibiría una bala en esta guerra cruel. El mensaje: palabras tiernas, frases de aliento, oraciones de esperanza que son los músculos que empujan la sangre en su corazón... y ahí se dio cuenta, la razón por la cual peleaba y que la voz que gritaba era la de esta otra persona, pero había olvidado la sonrisa con la cual gritaba y porque él se lo había pedido: que pusiera sus pies en la tierra, pues la vida cuesta y este es su parto y que costaría y dolería, pero después... podría vivir, vivir contigo.